– Hijo, ojalá llegue el fin de semana para leer juntos ese libro que tanto te gusta.

– Ojalá, papá.

– Hijo, qué ganas tengo de descansar un rato. De parar un poco esta velocidad, de celebrar el cumpleaños con tu madre y hacer una gran fiesta para los tres.

Me gustaría salir de la rutina por un momento y tener más tiempo para ti y para ella. Ojalá llegue el día en el que podamos levantarnos sin prisas, desayunar y reírnos juntos. Cantar canciones y desafinar.

Ojalá llegue el día en el que podamos asomarnos a la ventana y notar tranquilamente el sol en la piel. El día en el que respiremos aire limpio y nos sintamos agradecidos. Y nos paremos un momento a pensarlo: Gracias por el sol. Por el aire. Por poder respirar.

Ojalá ese día nosotros callemos y el mundo hable. Y los árboles sonrían. Los pájaros vuelen felices y canten fuerte. Y que nada ni nadie les interrumpa. Ni coches, ni aviones, ni atascos, ni sirenas … Ojalá aplaudamos todos juntos desde el balcón por estar vivos y por poder disfrutarlo.

– Hijo, ojalá llegue el día en el que nos demos cuenta de que este planeta es prestado, y que pronto pasará a vosotros y a vuestros hijos y nietos. Y que entre todos podemos respetarlo y cuidarlo. Y que es un regalo.

Tal vez ese día valoremos lo que no se puede comprar con dinero. Los abrazos, los besos, los secretos en voz baja contados cerquita, al oído. El silencio. Los momentos en familia. El cariño de los abuelos y las caricias. Mirarse a los ojos sin pantallas y simplemente sentirse. Estar.

Ojalá un día no nos tengamos que identificar con lo que hacemos, sino con lo que somos.

– Papá… en el colegio me han dado una carta. Dicen que los seres humanos nos estamos poniendo enfermos. Y que para curar debemos quedarnos todos en casa y no salir. Tal vez quince días. Tal vez un mes … Papá …

– ¿Sí, hijo?

– Papá, creo que el día del que tanto hablas por fin ha llegado.