¿Qué pasaría si procrastinar fuese positivo para ti?

Marga dejó tras de si la casa con un portazo. Pensó en toooodo lo que tenía por hacer todavía y en lo poco que había hecho esa mañana.

Se había levantado tarde, había preparado el desayuno, había colocado toda la vajilla limpia en su sitio y se había puesto a doblar y guardar la ropa lavada que se amontonaba sobre el sofá …

«Otro día más procrastinando cuando debería estar escribiendo mi libro». ¿Por qué me comporto así?»

«No vas a acabar nunca ¿a quién pretendes engañar? ¿escritora tú? ¡si no tienes el hábito ni la disciplina!». Ese era el diálogo interno de Marga día sí y día también.

Esa mañana tenía que visitar a una amiga que vivía en las montañas. Trabajarían juntas unas horas desde su maravillosa casa-despacho con vistas al bosque. Después darían un paseo para despejarse y cocinarían algo rico para almorzar.

Tal vez ese cambio de escenario le fuese bien a su creatividad … ¿o era una excusa más para no sentarse a trabajar en el libro?

… A este paso no iba a acabar nunca.

La niebla cayó con rapidez sobre la carretera por la que circulaba Marga. Hacía más de una hora que el navegador del coche le había indicado el desvío hacia la casa de su amiga, pero el camino le llevaba a adentrarse cada vez más en el bosque … Admitió que se había perdido en aquel mar blanco de árboles y silencio.

Entonces algo inesperado apareció delante del coche: un anciano de calva reluciente envuelto en una túnica naranja. Estaba recogiendo ramas secas del suelo.

Marga se aproximó a él….

– ¡Buenos días! ¿sabe cómo puedo llegar a la carretera principal?

El anciano sonrió.

– Hola. Pues desde aquí es un poco complicado orientarse. Y más con esta niebla tan densa. Si no tiene prisa, puedo acompañarla esta tarde después del almuerzo e indicarle el camino. Ahora debo volver al monasterio para las clases. ¿Por qué no viene conmigo y descansa un poco? Parece que necesite una taza de té.

Marga dudó un momento. Había oído decir a su amiga que existía un monasterio escondido entre las montañas de la zona. Está claro que su día tan bien planificado se había ido ya al traste, así que decidió aceptar esa taza de té … ¡Y además necesitaba ir al baño!

«Otro día perdido sin trabajar, escritora del tres al cuarto»- le espetó sin compasión su Pepito Grillo interno.

Pocos minutos después, Marga y el monje llegaron al monasterio. Unos cuantos niños salieron corriendo a recibir al monje y a ayudarle con la leña que había recogido en el bosque.

Mientras se tomaba el té, su nuevo amigo le invitó a que asistiese a una de las clases.

Ese día en el aula había 3 niñas. Parecían idénticas, envueltas en su túnica dorada y con el pelo rapado. Cada una ocupaba un pupitre de madera. Sus caritas reflejaban curiosidad y alegría.

El anciano de calva brillante, que se llamaba Rangjung, empezó la clase con un acertijo de lógica. Las niñas apuntaron todos los datos y volvieron a leer el enunciado para resolverlo en silencio.

Una de ellas empezó a garabatear en el papel …

Otra de las niñas se levantó, se acercó a la ventana y se quedó allí durante un buen rato, mirando a lo lejos.

La tercera, se levantó y empezó a apilar los cojines que había en el suelo de la clase. Luego encendió una barrita de incienso. Poco después, se puso a barrer las hojas de los árboles que cubrían el patio del monasterio.

Rangjung no dijo palabra. Siguió inmerso en su libro mientras esperaba pacientemente los ejercicios de las pequeñas.

La niña que barría volvió a clase y preguntó a Marga si quería otro té. Le dijo que sí. Marga fue con ella a la cocina y le preguntó: “¿Ya has solucionado el problema de clase?”.

“Estoy solucionándolo ahora”, dijo. “Si antes no hago sitio en mi cabeza, la respuesta no puede entrar”, añadió la pequeña.

Después de servir el té, la niña salió al patio y se puso a corretear detrás de un gato naranja. Marga se quedó perpleja mirándola.

La escritora volvió a clase. La primera niña le entregó el ejercicio al monje. Y la segunda abandonó la ventana y se puso a escribir. Al cabo de un rato, la tercera niña volvió al aula, ocupó su pupitre, escribió la solución y se la entregó al maestro.

Después de clase Marga y Rangjung se reunieron en el comedor junto con los otros monjes y el resto de alumnos.

Poco a poco, la niebla se fue disipando.

“Si quieres, voy contigo en el coche hasta la carretera principal”, propuso Rangjung a Marga. “Yo volveré a pie y así podré recoger más leña. Se aproximan días de heladas en las montañas”.

Antes de partir, Marga le preguntó a Rangjung sobre lo que había pasado en clase:
“¿Las niñas no aprenden disciplina en esta escuela? Me ha sorprendido mucho que puedan irse a jugar o se levanten del pupitre antes de terminar sus tareas”.

Ranjung le dijo a Marga: “Acompáñame”.

Se dirigieron a la biblioteca y el monje extrajo del abarrotado mueble de madera un viejo libro de mapas. Lo abrió y le mostró una página en la que aparecían muchas líneas serpenteantes de diferentes colores que se cruzaban e interponían unas sobre otras. Había líneas más y menos gruesas. Algunas se dividían en varios tramos y volvían a juntarse más tarde. Otras daban más rodeos. Unas formaban curvas muy cerradas y otras tendían más hacia la línea recta.

– Mira, Marga. Este es el río Mississipi. Todo él. En 1944 el cartógrafo Harold Fisk trazó en este «mapa de meandros» todos los cursos que había tenido el río durante el último siglo. Los nativos americanos movían con frecuencia sus campamentos según las crecidas o los cambios del curso del río. A mediados del S. XX, el ejército americano levantó sobre el terreno una gran franja artificial para obligar al Mississipi a MANTENERSE EN aquel camino amurallado. ¿Crees que eso paró la naturaleza cambiante y cíclica del río? En absoluto.

Rangjung añadió cerrando el libro:

“Cuanto menos aceptamos nuestra naturaleza cambiante y sus necesidades, menos efectiva resulta la disciplina. Nuestros alumnos aprenden a aceptar. A escuchar con amorosa curiosidad la resistencia que todos sentimos al afrontar nuevos retos”.

“Cuando se “ocupan en otras tareas” como correr o mirar por la ventana, están dando espacio y reconocimiento a esa resistencia. Con eso también adquieren autoconocimiento y confianza. Cada uno aprende y trabaja según su ritmo natural aquí”.

De vuelta a casa, Marga meditó sobre todo lo ocurrido ese día tan inesperado.

Al día siguiente se despertó temprano. Hizo su cama y desayunó. Miró su escritorio y encendió el ordenador. En cuanto abrió el documento del libro en el que estaba trabajando sintió una necesidad loca de hacerse un café. A diferencia de otras veces, reconoció en ella esa resistencia de sentarse a escribir y la miró con curiosidad.

– Aquí estás … Eres sólo miedo.

Se preparó la taza de café y empezó a teclear. Cuando llevaba 5 minutos sentada, recordó que debía mudar las sábanas. En lugar de regañarse como siempre y forzarse a escribir, se levantó y quitó las sábanas dejando la cama desnuda.

“¿Qué curso desconocido estoy tomando hoy?”, se dijo.

Cuando estaba metiendo la almohada en una funda limpia le vino una frase a la cabeza. Ahí había una idea de la que tirar

Se sentó y escribió la frase. Y de ahí brotaron otras que formaron un torrente de palabras. Al cabo de 2 horas Marga había conseguido terminar los 3 primeros capítulos de su libro.

Desde entonces, cuando se descubría perdida en una tarea poco importante en lugar de «hacer lo que se suponía que debía hacer», Marga sabía que su creatividad estaba buscando el curso por el que transcurrir. Y confiaba.

En lugar de oponerse, hacía espacio con curiosidad amorosa y las soluciones, más temprano que tarde, empezaban a brotar.

De principio a fin, la vida es un aprendizaje constante. Y todos los niños, todos sin excepción, son capaces de aprender. A su propio ritmo. Confiemos en su sabiduría interna alentando su curiosidad, y dándoles para ello las herramientas que necesiten durante ese camino de descubrimiento.

Aquí puedes ver este cortito vídeo de Arimunani “si los dejamos, ellos aprenden”.

¿Y tú? ¿Das espacio a tu resistencia con curiosidad amorosa? ¿Y a tus hijos? ¿Crees que son capaces de aprender a su ritmo?