No tengo talento especial.
Solo soy apasionadamente curioso.
Albert Einstein

Nada más entrar en clase, Óscar se quitó la chaqueta. Estaba empapado de pies a cabeza.

Como cada día, había llegado una hora y media antes a la universidad para coger sitio en clase. Era un martes de noviembre frío y lluvioso.

El edificio de la universidad permanecía cerrado a cal y canto y le tocó esperar bajo la lluvia a que abriesen.

15 minutos después el guarda de seguridad abrió las puertas y Óscar pudo entrar en el aula, junto con otros compañeros que se apresuraban detrás de él para lo mismo: asegurarse un buen sitio para las clases del día.

Si no lo hacía así, tendría que volver a coger apuntes de pie o sentado en el suelo …

Aquella mañana de noviembre, mientras se secaba el pelo con la bufanda y miraba su libro empapado de “Álgebra Lineal y Sistemas Dinámicos” se preguntó “¿qué hago aquí? ¿qué estoy haciendo con mi vida?”.

¿Por qué vengo cada mañana a escuchar hablar de cosas que ni siquiera me gustan, ni me interesan, ni sé si me servirán algún día?

¿Y qué es lo que realmente me gusta?

Desde que empezó el colegio con 4 años, Óscar había sido un «niño bueno». Sacaba notas altas y había tenido la suerte de poder asistir a un colegio privado. De los mejores de la ciudad.

Se le daba bien obedecer. Hacer los deberes que le ponían cada día y empollar para los exámenes. Pero aparte de eso, Óscar no sabía qué más se le daba bien.

Desde los 4 a los 18 años nadie se había preocupado por averiguar si lo que él aprendía le resultaba interesante. O si encendía en él las ganas de aprender más.

Su curiosidad sobre las materias que estudiaba en la escuela moría más allá del libro de texto. De la nota del examen. De la tarea exigida por el profesor.

Sentado en aquella inmensa aula de universidad abarrotada de estudiantes somnolientos se dio cuenta de que continuaba estudiando para otros. Como si su vida no le perteneciese y sus intereses no fuesen importantes en todo aquel engranaje educativo.

¿Cómo era posible que después de todos esos años de aprendizaje se conociese tan poco a sí mismo? ¿por qué nadie le había enseñado a estudiar, a descubrir sus talentos, a potenciar sus dones?

Al fin llegó el profesor abriéndose paso entre mochilas, gente sentada en el pasillo y pupitres. Óscar se levantó y se fue dejando libre su codiciado asiento en la primera fila.

Estaba decidido a averiguar quién era realmente y qué quería hacer con su vida. Y él intuía que las respuestas que buscaba no estaban en esa clase. Ni siquiera en aquella universidad.

Decidió continuar ayudando en la empresa familiar, como ya hacía, y a la vez recibir pequeñas formaciones sobre las que sentía curiosidad …
Comunicación, marketing, diseño … Estas formaciones le llevaron a adquirir los conocimientos para mejorar y modernizar la empresa familiar.

Pero después de un tiempo, y a pesar de que era capaz de conseguir clientes importantes y obtener una buena facturación, se dio cuenta de que era infeliz. Que esas grandes sumas y ejecutar correctamente el trabajo no era la respuesta a lo que estaba buscando.

Llegó un momento de su vida en el que Óscar fue papá. Y como todos los hijos, ellos vinieron para enseñarle nuevos retos, oportunidades y para conocerse mejor a sí mismo.

Cuando sus gemelos cumplieron la edad de ser escolarizados, Óscar se encontró con el dilema que le había perseguido toda su vida. La formación seguía sin estar preparada para hacer brillar a los niños.

Para la escuela, sus hijos eran unas cabecitas más que había que “llenar”. Como él, ellos saldrían de su década de formación sin tener ni idea de quiénes eran. “Educados”, confundidos y estandarizados.

Hizo lo posible por dar a sus hijos una educación complementaria que les permitiese conocerse, fortalecer su autoestima y ahondar en su desarrollo personal.

Y un día sobre una servilleta de papel (que es como salen las mejores ideas) y junto con dos amigos, Óscar dibujó el plan de su escuela soñada.

Un cole para dar alas y acompañar a niños felices hacia su desarrollo pleno como adultos felices.

Y así, poco a poco, él se encontró a sí mismo en el viaje de su vida: hacer realidad ese sueño. Sus hijos ya no podrían aprovechar “su” escuela, pero sí las nuevas generaciones de padres y niños.

Los talentos de Óscar empezaron a brillar con esa nueva aventura. Se dio cuenta de que era muy bueno haciendo fácil lo difícil. Y conectando a personas entre sí para poner en marcha proyectos colaborativos que sumasen.

De esa escuela, han surgido muchas más ideas y planes que él ha ido materializando. Siempre alineando esos proyectos con sus valores. Ahora se conoce mejor. Sabe quién es.

Su vida tiene mucho más sentido para él. Y eso es algo que sí puede transmitir a sus hijos cada día.

Por fin, Óscar ha encendido su pasión. Y con ello, facilita que muchas más personas, niños y mayores, enciendan la suya cada día. Un talento que nuestra sociedad no puede perderse ¿no crees?

Una intuición afortunada nunca es tan solo cuestión de suerte. Siempre hay algo de talento en ello.
Jane Austen.