Mi abuela guardaba en la despensa una caja de lata azul con galletas danesas de mantequilla. No importaba el día, la hora o época del año.

Cada vez que iba a visitarla, ella me sacaba un platito de cristal y la caja de galletas.

“Come, hija. Que estás muy flaca” me decía.

A medida que fui creciendo, me di cuenta de que ESA era su manera de decirme TE QUIERO.

La comida sigue teniendo el poder de sustituir palabras, preguntas, relaciones y silencios. De hecho, cómo nos relacionamos con la comida tiene mucho que ver con cómo nos relacionamos con todo lo demás en nuestra vida.

Nunca fui una niña particularmente huesuda. Más bien al contrario. Lucí caderas anchas y barriga durante la niñez y mi adolescencia. En casa me llamaban «cariñosamente» «la gordi».

Durante gran parte de ese tiempo y hasta casi los 30 años dejé que la báscula y el tamaño de mis caderas midiesen mi autoestima y mi valía.

Dentro de unos días estaremos en Navidad.
Las mesas se llenarán de comida y los árboles de regalos.

Durante unos días comer, cocinar, regalar y recibir regalos serán las formas de decirnos “te quiero”. No nos harán falta las preguntas profundas, el diálogo o mirarnos a los ojos.

Y sin embargo, engordar sigue siendo una “desgracia”. Algo que hay que controlar y purgar. Corregir y moldear. En adultos y también en niños. ¿no es toda una contradicción?

Yo aprendí pronto que si me comía todo lo del plato obtenía el amor y la felicidad de mis padres. Me sentía querida. En cambio, cuando engordaba, los reproches y las restricciones de mi familia llenaban mi cabeza. Me sentía culpable e imperfecta.

“Las niñas delgadas lucen mejor. Les sienta mejor la ropa. Cuando engordas pareces una pera”, me decían.

Mi madre, que muchas veces cosía ropa para mí, me tomaba las medidas corporales cada tanto con una cinta métrica.

Y yo, una niña en pleno crecimiento, rezaba para que esas medidas fuesen igual o más pequeñas que las anteriores.

Así ella seguiría queriéndome y yo sería digna de recibir su amor.

Cuando esas medidas aumentaban me ponían a régimen durante una temporada. Y yo lo aceptaba como muestra de su amor. Yo necesitaba “control”.

Poco a poco me fui desconectando de mi amor propio. Engordé y adelgacé. Me sentí culpable por comer y por no saber vomitar, como hacían otras chicas en mi situación.

Hasta que un día empecé a adelgazar, a adelgazar y a adelgazar sin casi darme cuenta.

Tocaba mis caderas huesudas como si no fuesen mías. Veía mis muñecas empequeñecer. Notaba los huesos de mis hombros sobresalir a través de mis blusas …

Bajé cerca de 3 tallas en cuestión de unos meses. ¿la receta? me metí de lleno en una relación de maltrato.

Lo primero que hizo él cuando empezamos a salir fue diseñar una dieta para mí. Acababa de conocerme y ya intentaba cambiarme.

Cuando toda tu vida has aprendido que la comida es el lenguaje del amor y que los que te quieren intentan controlar tu peso porque tú necesitas “control”, fue fácil pensar que él hacía eso porque me quería.

Me volqué tanto en la relación, en ser adecuada y amada que me olvidé de mi misma. Olvidé alimentar mi cuerpo y mi alma. Olvidé quién era, qué me gustaba, qué sueños tenía.

Finalmente, y a pesar de estar más delgada que nunca, él decidió acabar nuestra relación. “Estás demasiado delgada”, me decía.

Fui una niña a la que le encantaba mover su cuerpo. Correr, bailar, montar en triciclo, patinar, hacer volteretas, saltar, ir de excursión …

En algún momento de mi vida, a través de los mensajes más o menos conscientes de mi entorno, aprendí que tener buena salud y un organismo lleno de energía y en pleno crecimiento no era suficiente. Yo no era perfecta.

Y mientras no fuese perfecta no era digna de amor.
Y el amor que NO recibía lo convertía en atracones o ayunos.
Y dejaba en manos de los demás mi autoestima y mi autocuidado.

Hasta que un día, con casi 30 años, agotada por esa lucha interior de destruirme e infravalorarme, algo hizo click en mí.

Empecé a mirarme con curiosidad cada vez que tenía impulsos de comer sin hambre. Comencé a comer sin juicios. A observarme por dentro. A hacerme preguntas. Me permití sentir, llorar, ser “imperfecta”. Empecé a amarme tal y como era. Y ocurrió algo maravilloso.

Mi cuerpo empezó a hablarme. Con una voz muy sutil al principio que fue aumentando en intensidad cuanta más atención le prestaba.

Mi cuerpo empezó a decirme qué necesitaba para estar nutrido, sano, fuerte. Empezó también a rechazar alimentos que no digería bien. Y recuperé la sensación de hambre y el placer de cocinar para mí. Y de comer sin culpa o remordimiento.

Comencé a confiar en mí misma y en mi sabiduría interna. Y fui feliz.

Todavía con 46 años, mi madre sigue riñéndome si dejo comida en el plato. Sé que es su manera de decir “TE QUIERO y ME PREOCUPO POR TI”. La culpa y los juicios han desaparecido. Y yo soy la que decide cuánto y qué comer.

Comer puede ser el mejor de los placeres o el mayor de los infiernos.

Ojalá esta navidad nuestras mesas familiares nos llenen el corazón
de emociones y palabras. Y de comida rica y saludable los estómagos.
Y no al revés.

Felices fiestas.

“No hay alimento que pueda saciar el hambre emocional de ser querido por tus padres tal y como eres”.

Esta es la historia de una persona real, que nació y vive en un cuerpo real y perfecto. Y que desde la niñez aprendió a que debía cambiar para conseguir el amor de los demás.

Transmitir a nuestros hijos que los amamos y aceptamos tal y como son creará en ellos barreras protectoras contra relaciones tóxicas, conductas autodestructivas y baja autoestima.

Y para ello, conocernos, amarnos y aceptarnos a nosotros mismos tal y como somos es fundamental. Ya que ellos aprenden no solo de nuestras palabras, sino también de nuestras conductas, emociones y actitudes».