Últimamente están de moda el pensamiento positivo, la felicidad, la alegría, las sonrisas y la gratificación. Hemos pasado de un estilo social victimizante y abocado al dolor, la queja y el lamento (transmitido de una cultura heredada judeo-cristiana) a irnos al otro extremo: querer vivir únicamente en la positividad y la alegría. 

¿Y qué es mejor? Pues ninguna de las dos opciones, ambas son falsas, mentira.

Simplemente niegan aspectos reales de nuestra vida y de la sociedad en la que vivimos.

Así nos va: o entramos en la queja y nos cortamos las venas, o vamos de guay y felices por la vida y negamos lo que consideramos negativo, o que no está bien visto.

Imagina que yo te pidiera que eligieras entre tu brazo derecho y tu brazo izquierdo. ¿Te cortas el izquierdo porque lo usas menos y te sirve poco, o porque no le resulta tan fantástico a los demás? Supongo que la respuesta es NO.

Pues lo mismo ocurre a nivel emocional. Tenemos ambos extremos y forman parte de nuestra vida y nuestra realidad.

El hecho de tocar ambos terrenos hace que encontremos el punto medio y nos equilibremos.

Si vivimos bipolarmente, o simplemente en uno de esos extremos, nos perdemos toda la parte intermedia y los matices entre unos estados y otros. 

No creo que haya que educar en el miedo (“si no haces esto ocurrirá tal cosa”, como si fuese un castigo divino) pero tampoco en la alegría de creer que “la vida es happyflower”, y que con alegría y optimismo vas por todas partes.

En todos los años que llevo como psicoterapeuta, he visto a mucha gente (adultos y niños) atrapados por la máscara de la falsa sonrisa. Niños o adultos que están sonriendo y son la alegría de la huerta y no se permiten llorar, mostrar su dolor, su tristeza, su miedo, su envidia, su preocupación, etc. O simplemente, ni siquiera son capaces de identificar y contactar con esas emociones (aunque las tienen) y acaban enfermando. Porque ése es su rol.

Están alegres y son un motor. Y cuando están tristes dejan de serlo y el ambiente presiona para que lo sean. Para que vuelvan a su optimismo de siempre.

Para mí, educar tiene que ver con la honestidad. Con el mostrarme tal y como estoy en cada momento, sin hacer responsable a otros de ello.

Cuando estoy alegre, estoy alegre y lo disfruto. Y cuando no lo estoy … ¡pues no lo estoy y también está bien!

Tengo derecho a llorar, a tener un mal día, a estar dolido y triste. Pero no hago de ello mi estado permanente. 

Y sí, tengo derecho a estar alegre, feliz y disfrutar de mi vida sin que eso tenga que ser siempre así. Porque soy humano, y como tal, habitan en mí todo tipo de sentimientos y emociones. 

Y no los elijo. No elijo estar alegre: lo estoy. Simplemente me sucede y yo elijo qué hago con esto que me sucede. Pensar que puedo elegir estar alegre me parece muy omnipotente por nuestra parte. O quizá pueda, pero ¿es sano para mi?

La humildad ante quienes somos y los mecanismos que nos regulan, es el primer punto para entrar en la autenticidad y en el amor como parte de la energía vital.

La alegría solo puede ser una elección cuando es honesta. Y solo es honesta cuando he trabajado para liberarme de mis dolores, cuando he trabajado mis heridas y éstas cicatrizan. Si no, es una máscara, una falsa alegría o un estado momentáneo. 

Por ello, el educador ha de predicar con el ejemplo. Mostrarse tal cual es. Es desde el ejemplo, desde donde aprenden los niños. “Mostrarse” no significa perder los nervios, ni darse el permiso para hacer lo que me da la gana, sin filtros.

“Mostrarse” significa mostrar lo que me ocurre.

Mi tristeza, mi vergüenza, mi ira, y hacer algo sano con ello para mí y para el ambiente. Eso es educación emocional. 

La alegría, la paz interna, la tranquilidad, son estados que no se fuerzan, y a los que se llega con el trabajo personal, cuando son auténticos.

Eduquemos en el amor. El amor acepta. El amor comprende que cualquier estado es adecuado, porque es parte de mí mismo y de mi aprendizaje. Y si me ocurre, tiene un sentido para mí y mi vida.

Educar en el amor es confiar que lo que me ocurre es necesario para mi desarrollo. Y la alegría forma parte de ello, pero también la tristeza. 

Eduquemos para la honestidad, no para la alegría.

Así conseguiremos adultos que sabrán identificar lo que sienten (sea lo que sea) que sabrán gestionarlo de forma sana y que no se sentirán culpables si no están alegres. Ya que no se pondrá una expectativa de felicidad sobre ellos. Serán adultos que no negarán su emoción, sea cual sea, y permitirán que éstas (las emociones) hagan su función, que la tienen.

Así tendremos un mundo honesto con todo lo que hay: la luz y la oscuridad. Porque eso forma parte del ciclo de la vida. Porque la oscuridad me permite ver las estrellas y la luz me muestra el camino. No existe una sin la otra, sin la oscuridad no podemos apreciar la luz.

Laura Frau

Psicóloga y Psicopedagoga.