Llega el verano y con él el olor a mar, las risas de fondo junto al sonido de las olas, el olor a crema solar, la sandía, las siestas interminables, las cenas a la fresca, las sandalias, las puestas de sol y las estrellas.

Pero junto a la llegada del verano se marchan los abrazos repentinos, que te sorprenden por detrás, los juegos y momentos compartidos.

Me llevo como un tesoro un sinfín de regalos: haber visto a niños felices, relajados, confiados en decirte lo que piensan, tranquilos, sin miedo a ser juzgados. Niños y niñas que juegan en un entorno sin juicios y ponen nombres a las piedras, nombres que todos en la clase conocen, un juego compartido y conocido por todos, incluso los de otras aulas. Ponen nombres como Chocolate o Champiñón a las gallinas; juegan a ser “pollos asados”… son ejemplos maravillosos de infancias libres, la inocencia en su máxima expresión.

Regalos como ser partícipe y poder vivir en la asamblea como dos compañeros de la clase de los delfines reparten “tesoros” encontrados en el patio: piedras y flores que recogen con el corazón y los demás recibimos con la más grande de las ilusiones.

Llega un momento en el que tienes una conexión especial con los niños, en el que el cariño te traspasa el alma, es una comunicación sin palabras, es tan mágico y especial que no encuentro la manera de plasmarlo sobre el papel. Son las emociones las que hablan, nada más.

Ha sido un curso de comienzos, pero ahora, en su final, recogemos los frutos del trabajo diario: su compasión, generosidad, amistad y su entusiasmo por aprender.

Es en estos días, de fin de curso donde nos colman de regalos y enseñanzas: somos partícipes del gran cambio de cada uno de ellos. Cómo han crecido en todos los sentidos. Niños y niñas con confianza en si mismos, capaces de actuar delante de los demás o hablar a todo el grupo, cuando antes no lo hacían. Regalos como la alegría a raudales, lazos fuertes de amistad, gestos de cariño entre mayores y pequeños, valentía.

Sorpresas diarias y gratificantes en un curso de grandes aprendizajes, también para mi. He aprendido a escucharme, a mirar adentro, a verme de niña en sus miradas y así poder entenderles y ver qué necesitan.

He aprendido a disfrutar, relajarme y relativizar; a confiar y ver que todo tiene un porqué.

Que, a veces la respuesta la da el tiempo y que la humildad, la gratitud, el sentido común y el corazón son grandes maestros.

Compartimos momentos y sensaciones que hacen que no sea un trabajo, sino una experiencia de vida, de amor y aprendizaje donde ellos enseñan y yo aprendo.

Gracias Munanis, por creer y crear.

Teresa.