Hacia el final del trimestre anterior realizamos nuestra primera excursión, una salida de todo el colegio, de toda la familia Munani, a Ses Fonts Ufanes. Sabíamos que agua no habría porque aún no había llovido mucho, pero la excusa era perfecta para compartir todos un día especial en un ambiente idóneo.

Pero este post no es para hablar de cómo fue la excursión, aunque muchas cosas se podrían contar de ella. Más bien es para hablar de qué pasó después de la excursión. Cuando yo era pequeña e iba al colegio, los días de excursión eran fantásticos, no solo por el sitio a dónde ibas, si no por, simplemente, romper la rutina: fuera estar sentada en una silla haciendo trabajos, nada de deberes, nada de explicaciones. Y, más aún, quizá uno de los momentos más especiales era cuando volvías al colegio un poco antes de la hora de salir definitivamente y, como no daba mucho tiempo a hacer mucho más, podías estar por tu clase de otra forma, comentando, sentándote en la silla de otro, sin libros, en definitiva, haciendo otras cosas nada académicas (bueno, siempre y cuando no nos hicieran hacer el dibujo de turno sobre la excursión, claro…).

Al grano. Nuestra excursión munani fue estupendamente y, cuando volvimos al colegio, aún quedaba un rato antes de que los papás y mamás vinieran a recoger a nuestros marcianos (la experiencia que cuento es de nuestra clase, la de 4 y 5 años, la de los Marcianos). Mi primera respuesta, supongo que actuando inconscientemente siguiendo mi experiencia, fue dejarles jugar o hacer lo que quisieran en ese ratito; habíamos andado mucho, más de cinco kilómetros nos llegaron a decir, y no era momento para ponerse a hacer cosas de tipo académico o formal, pensaba yo. Pero cuál fue mi sorpresa cuando una gran parte de los niños y niñas de la clase (mentiría si dijera que fueron todos, hay que ser realistas) a lo que se dedicaron fue a coger materiales de nuestros micro ambientes, sentarse y ponerse a trabajar. ¿Cómo era posible? Incluso les insistí en que podían descansar, pero no, como el que oye llover, siguieron haciendo sus cosas; incluso, una niña me dijo que ya era hora de ponerse a hacer algo así, que habíamos tardado mucho…

Es frecuente oír la frase entre nuestros niños de que en clase no trabajan, juegan (especialmente los que vienen de colegios más tradicionales). Pero la realidad es que ese juego es simplemente una variedad de “trabajitos” para que, desde su interés y motivación, aprendan cosas, aunque sea jugando. Por eso, a pesar de mi sorpresa, volver de una excursión y ponerse a jugar luego no es ningún trabajo. Y casos así me demuestran y creo que ponen en evidencia que cuando se respetan los ritmos, cuando un aprendizaje se basa en el interés personal y no en el cuando toca hacerlo, cuando la figura del profesor cambia de “explicadora” a “facilitadora”, las cosas vienen solas.

No sólo ellos aprenden. Yo aprendo (y desaprendo) muchas cosas con ellos cada día. Cada día veo más claro que otra forma de educar es posible y estoy encantada de poder formar parte de ello.

Anabel