Todo empezó el primer día de curso. En nuestra aula de 4 y 5 años apareció un simpático marcianito verde que inauguró el cole con nosotros. ¿De dónde venía? Ni idea. ¿Qué decía? Tampoco, hablaba en un idioma muy, muy raro. Pero sí es verdad que irrumpió con una música marciana que poco a poco nos encandiló a todos (ya dicen que la música es un lenguaje universal y la palabra universal viene de universo) y que nos sirve cada día para avisarnos de que tenemos que recoger todo lo que sacamos por el aula.

Decidimos, por votación popular, llamarlo Marcianito, porque nombres como Verdecito o Star Wars no nos acabaron de convencer a todos, y ahora nos acompaña todas las mañanas. A veces nos trae sorpresas y a veces nos desaparece, pensamos que porque va y viene de su planeta (aunque es verdad que un día nos apareció dentro de nuestra cocina, le gusta jugar al escondite sideral…). Por eso un día pensamos que cómo sería su planeta y, másamigo1 aún, ¿cómo serán sus amigos? Porque claro, nosotros en clase somos muchos y nos estamos haciendo amigos y amigas y supusimos que él también tendría. Y empezamos dibujándolos en un gran planeta azul puesto en el suelo, cada uno a su manera, como cada uno pensaba: con antenas, sin antenas, muchos ojos, patas diversas… Vamos, una buena fauna interplanetaria.

La cuestión, días después decidimos dar un paso más del simple dibujo puesto en la pared. Pensamos que si nuestro Marcianito tenía una forma verde y regordeta sus amigos también debían tener formas tridimensionales, así que manos a la obra e imaginación al poder. Las construcciones de madera de clase fueron herramientas ideales para construir y crear marcianitos en 3D a los que poner cara, ojos y cualidades. Construcciones creativas que fuimos fotografiando, imprimiendo, dibujando detalles y, como no podía ser de otra manera, poniendo nombre y atribuyendo cualidades especiales y espaciales. Es cierto que no todos los niños de clase participaron el primer día, pero el ir viendo la gran colección de compañeros de nuestro marciano que cada día presentábamos en la Asamblea de la mañana les fue animando a participar, ¡querían tener un marciano! Así llegó con nosotros Vlastitisamigo3, Castañito, Tiger, Sunshine, Locandis, Melemuli, Estrella Corazón, Lila, Pistolero, Arcoiris o Chechimuli, entre otros, marcianos y marcianas (porque no todos tienen por qué ser chicos) que nos acompañarán todo el curso en nuestras aventuras espaciales. Unos van a la playa, otros tienen barba pero no manos para afeitarse, otros tienen unas sombras que aunque esté oscuro sí se ven, otros vienen preparados con tiritas para el culete, otros tienen tantas bocas que pueden hablar con muchos marcianos a la vez, unos comen por un ojo enorme que tienen en los pies, otros están embarazados, otros tienen dos bocas para estar tristes y contentos al mismo tiempo…

¿Cuál ha sido el objetivo de toda esta actividad? Evidentemente, somos un grupo que todavía estamos en fase de adaptación. Venimos de sitios diferentes y nuestros intereses y capacidades son diferentes, pero esta actividad nos ha enseñado que, como los marcianos, aún así podemos formar partamigo2e de un conjunto. La implicación, como ya he comentado, no fue total al principio, pero ha sido muy interesante ver cómo los que empezaron han ido estirando a aquellos que en principio no acababan de entender o no les interesaba. Por otro lado, dibujar es fácil pero pensar nombres y cualidades requiere una puesta en marcha de nuestra imaginación que no todos estaban dispuestos a hacer o que, simplemente, no están acostumbrados a hacer. “Pon tú el nombre”, me decían, hasta que un compañero venía a ayudar a inspirarnos y encontrar un nombre más que digno y divertido, el cual también escribían, si sabían, o ayudaban a escribir al que no sabía tanto. En definitiva, lo que empezó como un juego ha sido todo un ejercicio de creatividad y colaboración, de disfrutar de las creaciones de los demás y de querer saber más de marcianos. ¿Hasta dónde llegaremos? No sé, quizá nos veáis algún día dando una vuelta por Marte…

Anabel