El otoño ha llegado y en los meses que vendrán viajaré hacia otras aguas, visitaré nuevos lugares. Estoy conociendo a otros delfines, que como yo dejan aguas conocidas y se adentran en estas otras, bonitas pero desconocidas para mi.

Es un mar cálido, de aguas cristalinas donde se mezclan idiomas, pero hay uno que todos conocen y entienden: la sonrisa.

Un mar de retos y juegos, en el que cada día aprendo algo nuevo. Es un mar vivo, lleno de colores, texturas y sabores.

Las olas me cuentan que no hay nada de malo en equivocarse, que no existe el error, porque no es más que un nuevo comienzo, una oportunidad para el aprendizaje.

A primera hora de la mañana nadamos hacia la orilla, allí nos reunimos y compartimos momentos, charlas y risa. Esa risa que nada entre la algas, esa risa que te hace cosquillas en el alma, que la oyes y se cuela en cada rincón y hace que nos lata más deprisa el corazón.

Allí hay rocas, otros animales, y mucho que experimentar. Cogemos piedras y le sumamos un puñado de conchas. Luego restamos. Y así aprendemos, a través del juego y la manipulación. Dándole importancia a la concentración y a la diversión.

Después de tomar un tentempié y hacer un alto en el camino, nos adentramos en aguas profundas. Conociendo otros países, su situación geográfica, sus fronteras, sus idiomas y banderas. Nos contamos aventuras vividas en océanos lejanos y compartimos los tesoros encontrados.

El ambiente es relajado y aprendemos a relacionarnos, cuidarnos y respetarnos.

Escuchamos cuentos que ponen nombre a lo que siento y nos ayudan a conocernos.

He descubierto que aprender es divertido, que puedo ponerme retos y superarlos.

Que tomar decisiones no es fácil, pero me ayuda a crecer.

Que cada pasito que doy es un logro. Que hay muchas maneras de ver las cosas. Y que el entusiasmo, la alegría y las ganas de aprender son unos grandes compañeros de viaje.

Firmado,

Un delfín más.